Trabajando la creatividad en Comunica: «Yo soy Manolito»

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Buen trabajo del alumnado de Lengua y Literatura de 1º de ESO dentro de las pautas del Programa Comunica que se desarrolla en nuestro centro.

Como actividad final, y tras la lectura de Manolito Gafotas (Elvira Lindo), hemos creado un nuevo capítulo de este divertido y cercano personaje. Algunos alumnos de 1º C, de la mano de su profesora de Lengua Patrocinio Navarro, se han puesto en la piel de Manolito y han relatado algunas peripecias bastante curiosas.


 

YO SOY MANOLITO

por Javier Vargas Ortega 1ºC

El pasado sábado mi padre me llevó al centro comercial donde solemos ir todos los fines de semana. Estábamos los dos en el bar, en el de siempre, donde desayunamos una tostada con jamón y queso, la mejor tostada que se puede comer en el mundo mundial. Pero ese día no era igual que todos los días, había más gente y estaba completamente petado, tanto que apenas podíamos ni coger las servilletas para limpiarnos los restos de queso fundido y aceite que nos rebozaban por la barbilla.

Después de desayunar fuimos a la sala de juegos. Allí nos encontramos a Yihad y me quedé jugando con él. No tardó mucho en enfadarse y liarse a patadas con una maquinita, pues había perdido. Se notaba que tenía ganas de pegarle a alguien y, cómo no, después de dejar K.O. a aquel enorme armatoste, comenzó a darme patadas como si yo tuviera alguna culpa de su enfado. Estaba condenado a llevarme todos los golpes que se le antojaran al imbécil de Yihad. Menos mal que llegó mi padre y me quitó de las manos de ese salvaje. Además, para tranquilizarme, papá me llevó a la nueva película de Stard Wars.

Mi padre, que está bastante gordo, se compró tres bolsas de palomitas, y yo, como no podía ser de otra manera, me quedé casi sin probarlas porque él se las comía a dos manos y caían por partes iguales en su boca y en el suelo de la sala. La pobre limpiadora diría que por allí habían pasado unos cerdos.

Con la pechada de palomitas que se comió, le entraron ganas de beberse tres botellas enteras de agua, así que tuvimos que bajar a la planta de abajo para que bebiera en la fuente. Después de estar esperando que mi padre saciara su sed, fuimos a la nueva tienda que habían inaugurado.  Allí entramos los dos, pero apenas cabíamos. Había un montón de ropa tirada por los probadores, calzados deshermanados, ropa interior por todas partes y de todos los tamaños, colores y formas más variopintas. En la sección de juguetería ocurría lo mismo y yo tocaba todo lo que se ponía al alcance de mis manos: videojuegos, juegos de mesas y muchas cosas más.

De repente, dejé de ver a mi padre, estaba perdido, no se veía nada entre toda la gente que había por allí. Antes de salir de aquella aglomeración sentía que me ahogaba entre toda la multitud; y para más, perdido de mi padre. Estaba muy preocupado. Allí me llevé en la entrada esperándolo más de dos horas hasta que lo vi desde lejos, sumergido en la sección de ropa interior.  Cuando me acerqué tenía entre las manos unas bragas de señora, qué curioso, pensé yo para mis adentros; pero cuando vio que me acercaba cogió unos calzoncillos de flores que estaban justo al lado y soltó las braguitas rápidamente. Le dije que se había olvidado de mí y que tendría que recompensármelo de alguna manera.

Yo, muy enfadado, lo cogí y nos fuimos de vuelta a casa; y nada más llegar le dejé dos cosas claras a mi padre: que yo ya sabía que regalarle en su cumpleaños ,es decir, los calzoncillos de flores y unas bragas de colores; y que se pusiera un localizador en la cabeza para que no se perdiera más en un centro comercial


YO SOY MANOLITO

por Aitana Borreguero, 1º C

Pronto se pasó el finde y regresé al cole, como todos los lunes. Quedaban treinta minutos para que terminara la clase cuando la sita Asunción nos explicó sobre un trabajo que teníamos que realizar para la próxima semana. El trabajo era por parejas y consistía en crear una redacción sobre algún tema que nosotros eligiéramos. El Orejones, mi mejor amigo, aunque a veces es un cerdo traidor, me preguntó que si quería ponerme con él y yo le respondí que sí, aun sabiendo que yo haría todo el trabajo. Sonó la sirena para irnos y quedamos a las cinco y media en la plazoleta del barrio para después irnos juntos a la biblioteca.

Cuando llegué a mi casa, el Imbécil estaba llorando, cosa que no me extrañó, pero aun así pregunté el porqué de su llanto. Mi madre me dijo que era porque no se quería comer las lentejas. A mí tampoco me gustan, pero me aguanté y me las tragué rápidamente para poder irme cuanto antes y no tener que escuchar al imbécil de mi hermano ni un minuto más. Me colgué la mochila y me fui a la plazoleta, me quedé allí sentado en un banco, miré el reloj y ya eran ya las seis menos cuarto y el Orejones no aparecía; supuse que con el despiste que tenía me estaría esperando en la biblioteca. Cuando llegué a la biblioteca estaban allí todos los de mi clase y, efectivamente, también estaba el Orejones López. Cuál no sería mi sorpresa que este cerdo traidor estaba haciendo el trabajo con Yihad. Mis ojos se abrieron como platos y me entraron ganas de ir y darle un buen bofetón. ¡¡¿Quién se creía para dejarme plantado de esa manera?!!

-¿Qué haces aquí?- le dije

– Pues haciendo el trabajo- me contestó tan pancho.

– ¿Con Yihad? – le pregunté

– Sí- afirmó sin dar ninguna explicación.

Pues como la cosa parecía ser verdad, me fui corriendo para mi casa y cuando llegué se lo conté a mi madre. Ella me dijo que no le diera importancia, que hiciera el trabajo con otra persona, y que lo perdonara. No sé si me lo dijo de verdad o simplemente para que la dejara tranquila, porque no la dejaba hablar por teléfono. Mi madre es muy aficionada a las llamadas telefónicas y ahora también se ha aficionado al wasap y al Facebook. En cualquier caso, tenía razón, era mi mejor amigo y no iba a enfadarme por un estúpido trabajo; ahora bien, mañana en clase no pensaba hablarle.

Como por lo visto yo ya no tenía compañero para hacer el trabajo, iba a tener que hacerlo con la única que no tenía pareja, es decir, con Jessica la Gorda, que ya no está gorda. La maestra nos dejó tiempo para elaborarlo en clase. Al principio ninguno hablaba, hasta que me preguntó sobre qué quería hacerlo; yo le dije que me gustaban los deportes, pero que verdaderamente no me importaba de lo que fuera; ella me dijo que le parecía bien sobre deportes. De repente, empezó a decir un montón de ideas y cosas que podían encajar genial con la redacción.

Al día siguiente hicimos nuestra exposición y juntos conseguimos sacar un  trabajo de sobresaliente, mientras que al Orejones lo suspendieron porque no pudo realizar su exposición con Yihad. Después de todo no pensaba burlarme de él porque en el fondo es mi amigo y me daba pena. ¿Ahora entendéis por qué le llamo el cerdo traidor? 


YO SOY MANOLITO

por Adrián Moreno, 1º C

Al salir de clase ya no sentía ningún rencor y además llevaba una sonrisa de oreja a oreja por el sobresaliente en el trabajo con Jéssica la Gorda. El Orejones me acompañó, como casi siempre, y tomamos por un callejón por donde casi nunca pasaba nadie, salvo nosotros que vamos acompañados y nos protegemos el uno al otro con nuestros superpoderes. Ese mismo día habíamos escuchado ciertos rumores sobre ese lugar. La gente decía que en ese callejón había un bar de mala muerte a donde iba muy mala gente, sobre todo “drogaditos”. Yo sabía que mi abuelo también iba  allí, pero mi abuelo no es “drogadito”, mi abuelo solamente está de la próstata.

Cuando llegué a casa busqué a mi abuelo rápidamente por todos lados. Le pregunté a mi madre y me respondió sin pensarlo mucho que estaría en su cuarto. Entonces fui rápidamente a nuestra habitación y le hablé como si yo fuera su hermano mayor o su madre:

– Abuelo, no vayas más nunca al bar del callejón porque he escuchado rumores que dicen que hay un “drogadito” y te puede dar con un palo en la cabeza.

– Yo fui el viernes, entré y no vi a ningún “drogadito”—me contestó mi abuelo con mucha sensatez. —Pero para que te quedes más tranquilo no voy a ir más al bar del callejón.

Al día siguiente yo me fui preocupado al colegio con aquella historia, ya que no me fiaba de mi abuelo. Justo en la hora del recreo vino mi madre a traerme el bocadillo pues, por casualidad, se me había olvidado. En esas ocasiones es mi abuelo el que me trae la merienda, la mochila, el libro o lo que se me haya quedado atrás. Sin embargo, había venido mi madre. ¿Por qué? Yo en ese momento empecé a dudar aún más. Cuando salí de la escuela me fui corriendo para mi casa y en la puerta me estaba esperando mi madre para decirme que fuera a recoger a mi abuelo al bar del callejón donde había vuelto a enredarse con sus amigotes. Fue entonces cuando supe que mi abuelo no tenía solución ni para la próstata ni para sus salidas con sus amigos al bar del callejón, hubiera o no “drogaditos”.


YO SOY MANOLITO

por Alba Roldán Jiménez, 1º C

De regreso a casa, mi madre me dijo que venía una nueva familia a mudarse al piso de al lado. Además, me dijo que los padres solo tenían una hija de mi edad. Mi madre sabía todo esto porque tenemos una vecina cotilla, la del quinto, que se entera de todo siempre y se lo cuenta a mi mamá porque es muy amiga y tiene que cumplir, como todas las amigas cotillas, con la redacción de las noticias más frescas. Al llegar los nuevos vecinos, iban vestidos con una ropa muy elegante, pero lo que me dejó deslumbrado fue su hija, pues era muy guapa, tanto que me quedé embobado como en esos momentos en los que estás en una nube y nadie viene a bajarte de ella. Cuando lo descargaron todo en su nuevo hogar, y mientras nosotros observábamos por la mirilla de la puerta, mi madre fue a darles la bienvenida, y yo la acompañé porque quería conocer a mi nueva vecinita. La vi y le dije:

-Hola, soy Manolito, tu vecino de al lado, ¿cómo te llamas?

-Me llamo Paula, encantada.

La cara se me puso roja, y me fui corriendo a mi casa. Al día siguiente en el colegio, le dije a mis amigos que una vecina de nuestra edad se había mudado a la casa de al lado y que era muy guapa. Ellos me dijeron que querían conocerla, así que por la tarde quedé con ella para ir a visitarla con mis inseparables, el Orejones López y Yihad. Cuando llegamos nos invitó a merendar con ella. Su piso era más grande que el mío, no tenía tantos trastos como nosotros y reinaba el orden y la limpieza. Su cuarto era muy bonito y también muy ordenado. Había una muñeca que se parecía mucho a ella y tenía su nombre en la camiseta. Cuando llegó con la merienda, cogió su muñeca y se sentó con ella. Nos dijo que era su tesoro porque fue la primera muñeca que le habían regalado. Paula fue un momento al baño, y en ese instante, el Orejones López cogió la muñeca para verla mejor y, como tenía las manos sucias de la merienda, le manchó la camiseta. Cuando Paula regresó a la habitación y vio su preciosa muñeca sucia, nos echó de su casa a gritos y casi a patadas diciéndonos que nunca más nos invitaría.

Hasta ahora Paula no me ha vuelto a hablar y cuando nos cruzamos en el rellano de la escalera ni si quiera me mira a los ojos. Pues, como dice mi abuelo, ella se lo pierde.


YO SOY MANOLITO

por María Sánchez Peña, 1ºC

Al salir del piso de Paula, mi madre aprovechó, pues aún era temprano, para mandarme al supermercado con mi abuelo. A ella no le gusta que yo vaya solo porque me pueden secuestrar y, debido a lo que yo valgo, podrían pedir una recompensa muy alta. Así que me acompañó mi abuelo y, para no dejar al Imbécil llorando, también vino con nosotros. En diciembre hace un frío de miedo y nos pusimos tan abrigados que casi se nos olvida el Imbécil antes de salir a la calle. Íbamos porque, como la coronela manda, no nos quedaba más remedio. Compramos pan y un roscón de reyes. El Imbécil se portó como un verdadero imbécil, no creía que era tan tonto pero los hechos lo confirmaron: primero lo tocó todo, dejó caer un perfume muy caro, por la cara que puso el encargado del super; y para colmo se hizo caca encima y fue dejando un olor nauseabundo a lo largo de todo el camino de vuelta. Toda la gente encogía la nariz cuando pasaba a nuestro lado, porque mi hermano, cuando se hace caca, se hace notar demasiado, es impresionante el rastro que deja tras de sí. A mi abuelo, al salir del supermercado, se le cayeron las vienas de pan por un agujero que tenía la bolsa justo debajo. Después de las catástrofes que pasaron, por fin llegamos a casa, y mi madre nos preguntó:

– ¿Y la compra dónde está?

– El pan se nos ha caído y el roscón de Reyes se lo ha ido comiendo el Imbécil para que no llorara por el camino – le contesté a mamá entre triste y enfadado.

 Después de oír eso, mi madre me dio las dos famosas collejas que recibo cada vez que hago algo mal o cada vez que ella lo cree oportuno, y encima me castigó todo el fin de semana. Al Imbécil, sin embargo, después de todo lo que había liado, le limpió el culete, le dio dos besos y un abrazo y un apretón en los mofletes. Es lo que tiene ser el pequeño de la casa.

Como cuando me castiga, me aburro hasta el infinito, pues me dio por comer y, como apenas quedó roscón de reyes, me lie todos los Chococrispis hasta que iba a reventar. Por la noche no podía con el dolor de vientre y casi no llegué al váter. Ahora tenía todo el mismo olor que había dejado mi hermano al venir del supermercado. Si es que la sangre es la sangre. 

Patrocinio Navarro Rodríguez, profesora de Lengua y Literatura.

 

 

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